martes, 3 de septiembre de 2013

Había una vez...

Había una vez una leyenda nacida en un pueblo costero de una isla mediana, situada en algún lugar del mundo. Cuenta la historia de una chica que se había enamorado del mar y del cual, a su vez, el mar se había enamorado de ella. Ella era una niña que había perdido a sus padres en un naufragio y, que dormida, arribó en una concha marina a la orilla de esa isla, conducida por el mar. Pasó el tiempo y la niña creció jugando en la orilla del mar hasta que se convirtió en una mujer hecha y derecha. Un día, su madre adoptiva, una venerable anciana, le comentó que ya era hora de que se buscara un muchacho y se casara, pero la mujer le respondió que no le importaba pasarse el resto de sus dias junto al mar. Ante la insistencia de la anciana, la joven salió a pasear por las callejuelas del pueblo, hasta llegar a la casa del herrero, en donde vivían dos jóvenes varones gemelos, amigos de la infancia de ella. Ella les contó lo que había pasado y entonces el más mayor de ellos le dijo que se casaría con ella y que solo haría lo que ella le pidiese. Lo que la mujer ignoraba es que ambos hermanos estaban enamorados de ella. Como hacía calor decidieron ir a darse un baño a la playa y cuando ya llevaban un tiempo jugando, de súbito uno de los gemelos, el prometido, se hundió.
Desesperadamente intentaron encontrarlo, pero nada. Tristes, se fueron a sus casas y a la mañana siguiente se celebró el funeral del chico, ya que se había encontrado su cadáver entre la escollera. Después del funeral, el hermano pequeño se prometió a ella. Pasó el tiempo, y llegó el gran día. En la iglesia del pueblo se habían reunido ancianos, niños y jóvenes que acudieron a la boda de esta feliz pareja. Cuando llegó el momento culminante de las alianzas se escuchó una profunda voz de varón que sonaba desesperada llamando a la novia. La aludida la ignoró, pero cuando un joven pescador entró corriendo a la iglesia gritando como loco que el mar estaba entrando en la isla inundándolo todo a su paso, la joven comprendió que no podía casarse por el bien de esta gente y por el bien de ella misma, ya que, aunque apreciaba a su pareja, su corazón estaba con el mar y este estaba reclamándola. Se despidió de los presentes y del novio, y vestida de novia se encaminó a la playa. A medida que avanzaba, el mar volvía a su sitio y cuando llegó a la orilla, ella volvió a escuchar su nombre en un susurro profundo lleno de amor, que le decía "Ven, ven conmigo, serás feliz". Surgió una figura humanoide del agua que se acercó a ella y tomándola de la mano, juntos se adentraron en el mar.
Algunos pescadores aseguran que todas las noches escuchan risas y cantos y ven a una joven muchacha vestida de blanco jugando con la orilla del mar...

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