jueves, 20 de diciembre de 2012

WERS


            CAPÍTULO 1

El fuego crepitaba en la vieja chimenea del saloncito, el agradable y cálido ambiente que nos envolvía a las dos estaba impregnado de misterio y una magia imposible de describir, que llenaba el alma de un extraño gozo. Me arrebujé en mi mecedora, envuelta en edredones cosidos de manera que cada uno contaba una historia. Un suspiro impaciente brotó de los labios de una muchacha de dieciséis años, morena y vestida de ciudad. Sus grandes ojos marrones se fijaron en los míos.
-Vamos abuela. No me hagas envejecer más por esperar- dijo la joven sarcásticamente.
-Valeria, ya estoy mayor, y mi historia es muy larga, déjame coger un poco de fuerzas antes de comenzar -una brusca tos sacudió mi cuerpo- te prometo que si aún no he terminado mi historia, le diré a mamá que te deje quedarte todo el tiempo hasta que la termine- le sonreí.
Valeria sonrió y se relajó dándome a entender que estaba satisfecha con mi respuesta. Yo respiré hondo varias veces llenándome los pulmones hasta que pensé que no podrían dar más de si y luego solté el aire muy despacito. Dirigí mi mirada a la ventana, admirando un hermoso atardecer. El bosque, allá a lo lejos lucía sereno y una suave brisa peinaba los campos escoceses. Un pequeño impulso me instó a comenzar el relato de mi vida. Un relato que a mi pequeña flor le podría cambiar la vida abriéndole los ojos a un mundo completamente nuevo y desconocido para ella.


Nací en Escocia , en 1235 d.c. . Mi familia no era rica, pero por lo menos teníamos para alimentarnos y vestirnos. Mi padre trabajaba en una mina muy famosa en aquellos tiempos, un lugar que se encontraba muy lejos de donde vivíamos, y había algunos dias en las que tenia que quedarse a dormir allí, porque por las noches, los caminos estaban infestados de bandidos y era muy peligroso. Mi madre se quedaba en casa cuidando de mi hermana pequeña y de mi. Por aquel entonces corrían muy malos tiempos, el ganado moría por las enfermedades que acuciaban sin piedad una y otra vez, las cosechas escaseaban y la gente se moría de hambre. Si yo había tenido familia por parte de algunos de mis padres , no la conocía. Aún me acuerdo de aquella noche en la que estábamos cenando todos juntos y saqué el tema a colación. Mis padres simplemente agacharon la mirada y no me contestaron. Esa noche no se habló más.
Mi padre era un hombre vigoroso y robusto comparado con mi madre, que era menuda y muy frágil. Mamá tenía más tendencia a enfermar que yo o mi hermana, pero para nuestra gran suerte, siempre se recuperaba. Él tenía los ojos marrones , igual que mi madre y mi hermana y un pelo negro como el azabache. Papá era una grandísima persona, siempre dispuesta a ayudar a los demás, era muy bondadoso y muy humilde. Mi madre era más severa y una persona muy cariñosa pero de mucho carácter, por eso, todo el mundo que discutía por cualquier causa con ella, siempre perdía la batalla, porque mi madre siempre llevaba la razón en todo. Mi hermana y yo eramos físicamente polos opuestos. Al igual que yo era pálida como la luna, ella era morena y de ojos marrón claro. Yo todavía me pregunto de quién habría heredado los ojos verde esmeralda, porque ningún antepasado mio ni mis padres los tenían de ese color. Las dos éramos igual de altas y a las dos nos gustaban los retos y el ejercicio. Nos consideraban como las mas espabiladas del pueblo a nuestra edad puesto que no nos podian engañar ni una sola vez, al contrario, los engañábamos nosotras.
Nuestra casa no era precisamente un palacio, ni siquiera podríamos llamarla casa. Solo tenía el tamaño de un campo de cultivo, más o menos, unos noventa metros cuadrados. El baño se encontraba al lado del establo granate en donde habitaban nuestros únicos animales de compañía. Una gallina, un gallo, una mula y una vaca. Por lo demás, la casa solo constaba de tres habitaciones. En la más grande (que era el acceso a la vivienda) se encontraban la cocina y el salón. Luego en las dos habitaciones restantes dormíamos la familia. En una mis padres y en la otra, mi hermana y yo, esta última era la sala más pequeña de la casa.
En nuestra época, nuestro futuro era o trabajar en el campo o trabajar en la mina con nuestro padre. Un trabajo que a ninguna de las dos nos atraía un ápice. Nosotras soñábamos con vivir aventuras y tal y como se nos presentaba la situación, era claro que no podríamos cumplir nuestro sueño. En fin, así era nuestra vida y así la dispuso Dios para nosotros.

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