CAPÍTULO
1
El
fuego crepitaba en la vieja chimenea del saloncito, el agradable y
cálido ambiente que nos envolvía a las dos estaba impregnado de
misterio y una magia imposible de describir, que llenaba el alma de
un extraño gozo. Me arrebujé en mi mecedora, envuelta en edredones
cosidos de manera que cada uno contaba una historia. Un suspiro
impaciente brotó de los labios de una muchacha de dieciséis años,
morena y vestida de ciudad. Sus grandes ojos marrones se fijaron en
los míos.
-Vamos
abuela. No me hagas envejecer más por esperar- dijo la joven
sarcásticamente.
-Valeria,
ya estoy mayor, y mi historia es muy larga, déjame coger un poco de
fuerzas antes de comenzar -una brusca tos sacudió mi cuerpo- te
prometo que si aún no he terminado mi historia, le diré a mamá que
te deje quedarte todo el tiempo hasta que la termine- le sonreí.
Valeria
sonrió y se relajó dándome a entender que estaba satisfecha con mi
respuesta. Yo respiré hondo varias veces llenándome los pulmones
hasta que pensé que no podrían dar más de si y luego solté el
aire muy despacito. Dirigí mi mirada a la ventana, admirando un
hermoso atardecer. El bosque, allá a lo lejos lucía sereno y una
suave brisa peinaba los campos escoceses. Un pequeño impulso me
instó a comenzar el relato de mi vida. Un relato que a mi pequeña
flor le podría cambiar la vida abriéndole los ojos a un mundo
completamente nuevo y desconocido para ella.
Nací
en Escocia , en 1235 d.c. . Mi familia no era rica, pero por lo menos
teníamos para alimentarnos y vestirnos. Mi padre trabajaba en una
mina muy famosa en aquellos tiempos, un lugar que se encontraba muy
lejos de donde vivíamos, y había algunos dias en las que tenia que
quedarse a dormir allí, porque por las noches, los caminos estaban
infestados de bandidos y era muy peligroso. Mi madre se quedaba en
casa cuidando de mi hermana pequeña y de mi. Por aquel entonces
corrían muy malos tiempos, el ganado moría por las enfermedades que
acuciaban sin piedad una y otra vez, las cosechas escaseaban y la
gente se moría de hambre. Si yo había tenido familia por parte de
algunos de mis padres , no la conocía. Aún me acuerdo de aquella
noche en la que estábamos cenando todos juntos y saqué el tema a
colación. Mis padres simplemente agacharon la mirada y no me
contestaron. Esa noche no se habló más.
Mi
padre era un hombre vigoroso y robusto comparado con mi madre, que
era menuda y muy frágil. Mamá tenía más tendencia a enfermar que
yo o mi hermana, pero para nuestra gran suerte, siempre se
recuperaba. Él tenía los ojos marrones , igual que mi madre y mi
hermana y un pelo negro como el azabache. Papá era una grandísima
persona, siempre dispuesta a ayudar a los demás, era muy bondadoso y
muy humilde. Mi madre era más severa y una persona muy cariñosa
pero de mucho carácter, por eso, todo el mundo que discutía por
cualquier causa con ella, siempre perdía la batalla, porque mi madre
siempre llevaba la razón en todo. Mi hermana y yo eramos físicamente
polos opuestos. Al igual que yo era pálida como la luna, ella era
morena y de ojos marrón claro. Yo todavía me pregunto de quién
habría heredado los ojos verde esmeralda, porque ningún antepasado
mio ni mis padres los tenían de ese color. Las dos éramos igual de
altas y a las dos nos gustaban los retos y el ejercicio. Nos
consideraban como las mas espabiladas del pueblo a nuestra edad
puesto que no nos podian engañar ni una sola vez, al contrario, los
engañábamos nosotras.
Nuestra
casa no era precisamente un palacio, ni siquiera podríamos llamarla
casa. Solo tenía el tamaño de un campo de cultivo, más o menos,
unos noventa metros cuadrados. El baño se encontraba al lado del
establo granate en donde habitaban nuestros únicos animales de
compañía. Una gallina, un gallo, una mula y una vaca. Por lo demás,
la casa solo constaba de tres habitaciones. En la más grande (que
era el acceso a la vivienda) se encontraban la cocina y el salón.
Luego en las dos habitaciones restantes dormíamos la familia. En una
mis padres y en la otra, mi hermana y yo, esta última era la sala
más pequeña de la casa.
En
nuestra época, nuestro futuro era o trabajar en el campo o trabajar
en la mina con nuestro padre. Un trabajo que a ninguna de las dos nos
atraía un ápice. Nosotras soñábamos con vivir aventuras y tal y
como se nos presentaba la situación, era claro que no podríamos
cumplir nuestro sueño. En fin, así era nuestra vida y así la
dispuso Dios para nosotros.
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