De súbito, todos se levantaron y se marchaban por una puerta, situada a mi izquierda, que antes no existía, y que daba a un exterior nublado. Confundida, me levanté y me encaminé al sacerdote, pero me paré cuando contemplé que también huía con ellos. Me acerqué a una de mis amigas y le pregunté por qué no comenzábamos con la celebración, pues ya era la hora dada, a lo que ella me respondió sorprendida que la gente se iba porque ya se había acabado todo. Dicho esto, también se marchó junto con los demás.
Cuando parpadeé, la puerta había desaparecido y me había quedado sola y encerrada en la iglesia. Examiné de cabo a rabo alguna posible salida, hasta que me volví a sentar en el banco del principio, y cuando estaba a punto de resignarme, con sorpresa, vi una puerta enorme de madera maciza que se encontraba a mi derecha. Me levanté atemorizada, consciente de que esa puerta antes no estaba ahí, y la acaricié sintiendo las marcas y pequeñas astillas que la decoraban. Apoyé el oído en ella, con la intención de averiguar qué había al otro lado, siquiera qué me deparaba, pero al no oír nada decidí armarme de coraje y abrirla poco a poco. Un chirrido espeluznante acompañó la acción, y entré dejándola abierta por si la situación lo requería.
Me encontraba en un pasillo iluminado con lámparas victorianas, y un suelo de baldosas negras y blancas. Para mi consternación, también habían puertas a ambos lados, por lo que comencé a sentirme oprimida. No sabía qué hacer con ellas, así es que eché a caminar por el pasadizo atenta a cualquier posible sorpresa. Dichosa alegría y alivio me embargó cuando divisé, a unos cuantos metros por delante de donde me encontraba, un mostrador de recepción. Hablé con la señora cuando llegué, pero no obtuve respuesta. Tras ella había una mujer de unos veintitantos años que me resultaba bastante familiar, y como la primera, no hablaba sino que solo me miraba. Me tendieron unas gafas que acepté con extrañeza y notable curiosidad, y me señalaron hacia al fondo del pasillo en donde se podía ver unas enormes puertas dobles que daban a una vieja biblioteca.
A pesar de no recibir respuesta, les dí las gracias y me encaminé hacia aquel misterioso lugar. Una vez que entré me rodeaban estanterías de las cuales algunas se perdían en las alturas. Había gente que estudiaba, gente que leía, y gente que iba vestida con ropas de otras épocas llenas de harapos, pálidas, sucias, que me miraban con ojos vacíos. Este último grupo de gente me inspiraba temor pero decidí ignorarlos en un intento de perder el miedo, que había comenzado a instalarse en lo más profundo de mis entrañas, y continué caminando.
No sabía que buscaba, pero algo me decía que no me detuviera, que continuara adelante, hasta que a punto de llegar a lo que yo creía que era mi destino, algo se me abalanzó por delante. Era un hombre mayor, grande, alto, calvo, que apenas tenía nariz y vestía de negro. Me pegaba lanzando gritos furiosos al aire, quería arrancarme mi pequeña cruz. Lo empujé como pude y eché a correr hacia la salida. Toda esas personas que había visto trataban de alcanzarme, gritaban mi nombre, gritaban que me detuviera, algunos me agarraban pero yo me los sacudía, parecían desesperados por atraparme.
Salí de aquel lugar y llegué a la recepción. Me sentía desfallecer. De repente, pude oír lo que me decía la señora:
-¿Ya salió tan pronto?- me miró con su mirada vacía. Un escalofrío me recorrió entera.
-¡Tome las gafas!- se las devolví. Mi corazón iba a mil por hora -¡He visto cosas! ¡Me agarraban!- a punto estaba de llorar.
La voz se me quedó atorada en la garganta. Podía oírlos llamarme, y a lo lejos distinguí al grupo de antes. Desesperada pregunté a la señora;
-¿Qué quieren? ¿Por qué no me dejan en paz?
-¿Aún los ves y los oyes?- me preguntó ella. Yo asentí muerta de miedo. -Te buscan a ti, tú eres la elegida, ellos te quieren a ti, y harán lo que sea por tenerte.
Me eché hacia atrás ante la siniestra sonrisa de la señora y tanteé buscando una salida, pero un frío repentino hizo que me diera la vuelta y lanzara un grito de temor, pues el hombre que vestía de negro de antes, se había puesto la holgada capucha y me señalaba con su huesuda mano. En ese mismo instante en que fijé mi mirada en la suya negra y vi como sonreía con malicia, el grupo de muertos se me abalanzaron encima.

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