viernes, 29 de noviembre de 2013

UNA BATALLA GANADA

Paseaba por la calle hasta que llegué al negocio familiar. Entré y pasé por detrás de mi abuela, que se encontraba despachando, hacia el almacén en donde se encontraban mi abuelo, colocando cajas, y un joven muchacho, mayor que yo, intentando construir otro estante.
El día soleado se tornó gris, el suelo comenzó a temblar, la gente gritaba, los edificios caían... El caos y la desolación se habían adueñado de la paz y la tranquilidad que había caracterizado ese día tan solo unos minutos antes.
Rápidamente, mi abuela, el joven y yo, salimos a la calle y contemplamos horrorizados cómo la gente era tragada por enormes brechas que se habían abierto en las aceras y carreteras.
Mi hermano, ajeno a todo, se fue jugando con otro muchacho de más o menos su edad, que sonreía muy raramente. Mi abuelo había desaparecido. El joven salió a buscar a nuestro amigo, y cuando lo encontró, ante mí, también desaparecieron sin dejar rastro.
El aire llevaba impregnado el fétido olor a muerte, el viento traía el humo y los llantos de la gente perdida, y en medio de todo ese caos se encontraba él, el hombre vestido de negro, con la capucha retirada. Reía como loco, disfrutaba del cuadro con los brazos abiertos y mirada de éxtasis. Con lágrimas en los ojos caí en la cuenta de que todas esas personas eran gente cercana a mi. Mi mundo se estaba derrumbando. Todo cuanto conocía y amaba estaba desapareciendo y reduciéndose a cenizas. 
-Tengo miedo- susurré echándome hacia atrás.
En ese momento escuché a mi abuela rezar, y si como algo me instara a hacerlo, comencé a rezar yo también sin quererlo.
Un llanto rasgó el aire. Mi pequeña hermana. Desesperada comencé a buscarla hasta que la encontré al borde de un abismo llamando a gritos a mis padres. La llamé y su carita surcada de lágrimas y manchada de hollín se desveló Tendió sus brazos hacia mi. El hombre de negro dejó de sonreír y la miró, y en ese instante supe que o me movía o la perdería a ella. Corrí, corrí todo lo que mis piernas daban de sí. Tendí mis brazos hacia ella, a la vez que ella caminaba poquito a poco hacia mi buscando seguridad. En un segundo que me pareció una eternidad, la enterré en mi pecho y la acuné mientras yo me arrodillaba fatigada y miraba hacia el hombre de negro que me volvió a sonreír malévolamente.
Mi hermana se aferraba a mí mientras que yo le decía palabras de consuelo hasta que su llanto se calmó. El edificio en donde había dejado a mi abuela, en un gesto del hombre de negro, se desplomó sobre ella matándola ipso facto. Solo quedábamos mi pequeña hermana y yo. A ella no me la podía quitar. Antes me mataba a mí. El suelo bajo nuestra comenzó a temblar y supe que el hombre no dudaría en matarnos a las dos también así es que comencé a rezar rogándole al cielo encapotado que al menos ella se salvara de toda esta locura, y como si mi súplica hubiera sido escuchada, todo paró, silencio absoluto. Abrí mis ojos asombrada, y miré hacia donde seguía ese extraño ser que ahora me miraba con tangible odio. En un atrevimiento le medio sonreí, y él lanzó un desgarrador grito de furia y desapareció. Me levanté con mi hermana en brazos y triste observé, que mi mundo había estado a punto de extinguirse. No sabía que habría podido pasar si hubiera reaccionado un poco más tarde, pero sí sabía que me había salvado por muy poco y que era muy posible que ese hombre no tardaría en volver a aparecer buscando aniquilarme.


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