Ajá. Esos brazos que te rodean, parecen creados para ti,
amoldados a la perfección, no hay error alguno, no hay fallos. Esos brazos que
en invierno te dan calor resguardándote del frío que trata de congelarte desde
lo más profundo del alma. Esos brazos que en verano te dan un calor distinto al
asfixiante que amenaza con provocarte un desmayo, que refrescan. Esos brazos
que te consuelan cuando infinitos recuerdos dolientes te atacan dejándote en la
miseria, que te guían cuando andas perdida a la hora de decidir cosas
importantes, que te levantan cada vez que caes y con cariño te limpia las
heridas y te las cura mientras restañan tus lágrimas saladas y te dicen que
todo irá bien. Esos brazos que encuentran tus puntos débiles para matarte de
risa cuando lo necesitas o simplemente porque quieren verte feliz. Esos brazos
que te resguardan de la lluvia con intención de evitar que pilles un resfriado,
o que los extiende junto los tuyos para recibir el fresco aire de primavera. Esos
brazos que te abrazan por la noche alejando de ti esos malos sueños que
consiguen que cada noche grites… que te protege de cualquier miedo. Esos brazos
que te levantan hacia el cielo con tal de que algún día puedas tocar las nubes,
que te prometen todas las estrellas que quieras y llevarte a la luna algún día.
Esos brazos que cuando están contentos te abraza y cuando están tristes te
piden que los abraces. Esos brazos por fortuna existen, y no todo el mundo por
fortuna los tiene.

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